jueves, 9 de septiembre de 2010

Conclusiones (o más bien cosas que no entiendo)

Antes de nada, explico que he deshabilitado los comentarios de esta entrada porque no es más que una reflexión. Ni pretendo quejarme ni es una especie de pataleta. Es algo que me parece curioso, sin más.

Nunca he sido alguien de excesos. Más allá de mi poca afición al deporte - reconozco que antes del hipotiroidismo iba a todos los sitios andando, pero no salía exclusivamente a andar ni a practicar ningún tipo de actividad deportiva -, no se puede decir que sea alguien que se ha buscado nada.

En mi casa hay cuatro fumadores, aunque mi madre por sí sola basta como ejemplo de por qué no debes coger el tabaco. Siempre juraré y perjuraré que cuando no tiene tabaco o está intentando "desengancharse" se comporta como una yonki que anda desesperada por la dosis del día. Así que decidí casi desde que tengo uso de razón que los cigarrillos serían algo a evitar.

Mi padre es diabético y comía - y todavía sigue, que quien tuvo retuvo - como un animal. Finalmente se volvió diabético, pero a los cuarenta y tantos, después de pasarse media vida entre perolones de judías y pollos enteros. Tanto mi hermana como mi hermano comen como posesos y no se engordan un gramo, ni revelan nada en los análisis. Mi cuñada está delgada, pero engaña, porque cuando se pone come tanto o más que mis hermanos. Y mi cuñado parece un Papa Noel ambulante, que come todo tipo de embutidos y no prueba las verduras, pero parece que a sus cuarenta tacos no le sale ninguna de las enfermedades relacionadas con la obesidad.

Y aqui estoy yo. Que no puedo comer apenas grasas porque me dan ardores de estómago. Que hace años que no soporto el embutido porque para mi gusto lo han amaliciado. Que no me gusta la panceta, que no suelo comer chorizo y que prefiero un plato de ensalada a un plato de lentejas.

Y encima, soy la única a dieta.

En fin, serán misterios del cuerpo humano...