lunes, 30 de agosto de 2010

Tip tap, tip tap.

Su corazón parecía latir fuerte, pero le dolía el pecho.

Tip tap, tip tap, tip tap.

Se palpó cuidadosamente la zona izquierda, esperando un súbito estallido de dolor que le atenazara el brazo izquierdo y terminara con su vida en diez piadosos segundos. Pero nada de eso paso. Volvió a ponerse los dedos en el cuello.

Tip tap, tip tap.

Todo parecía ir bien. ¿Por qué le dolía?

Se palpó de nuevo el pecho y pareció convencerse de que de momento no iba a pasar nada. Examinó sus ojeras en el espejo, se lavo la cara y los dientes, se peino como siempre, desayunó y se fue a trabajar.

Esa noche volvió a notar el dolor.

Tip tap, tip tap. Tip tap, tip tap.

Su corazón seguía latiendo, pero lo notaba raro. ¿Sería ahora cuando le diera? ¿Sería en ese instante cuando sus arterías dirían definitivamente basta?

Tumbado en la cama, se palpaba el pecho por encima del pijama.

Tip tap. Decía su corazón. Tip tap.

Así pasó una semana, mirándose en el espejo atónito, palpándose inconscientemente el pecho cada cinco minutos. Sin dormir ni apenas comer.

Hasta que al fin, una luz se encendió en el fondo de su cerebro y lo comprendió:

Le habían roto el corazón