viernes, 25 de junio de 2010

Los trastornos del amor

- Me gustas. Me gustas cada vez un poco más - Me explicaba, sujetando temblorosamente un cigarrillo entre sus dedos. Detalle este harto sorprendente para mí, que nunca jamás la había visto fumar - Pero no es algo que debiera decirte.

Quise preguntar que por qué no. Contarle que el amor es libre. Casi tanto como el capricho. Pero me quedé k.o. Solo pude mirarla con expresión impactada y eso fue todo. Mis labios permanecían pegados. Mis cuerdas vocales enredadas.

- Mejor así. Mejor que no digas nada. Las dos sabemos que ésto no es conveniente.

Y efectivamente, no lo era. Teníamos carácteres opuestos y modos de vida muy distintos. Ella era divertida y fantasiosa. Yo una estable rutinaria. Ella se dedicaba a los deportes de riesgo. Yo... Bueno, jugaba con mis "amigos". Pálida, intenté volver a hablar, y esta vez lo conseguí.

- M-mira, C-cris - Hice un visible esfuerzo por afianzar mi voz - No es que yo no quiera... Es que no puedo.

No dijo nada, creo que me comprendió. Cogió la puerta y se fue. Volví a quedarme sola. Sola en mis aposentos, en mis pertenencias. Sola para repartir todo mi tiempo y beberme el sobrante en pequeños tragos de aburrimiento hasta embriagarme y sacudirme entre temblores del alma. Despotricar contra el mundo. Querer destrozar los espejos que devuelven el reflejo de mi rostro abotargado por la nostalgia. Odiar a todo y a todos pero, sobretodo, odiarme a mí.

Y así pasaron tres días. Tres días de autocompasión continuada. Al cuarto no lo soporté y fui a buscarla. Llamé a su casa. Dije que era yo, me abrió. Así de fácil. Así de simpe. Y cuando subí... me quedé sin palabras. Fueron pasando los segundos, los minutos. El tic-tac del reloj aumentaba mis nervios, reverberaba en mi mente.

- Bueno, ¿qué te trae por aqui? - Preguntó Cris al quinto minuto de mudez obligada. Y antes de darme cuenta... la besé. Para cuando me paré a analizarlo todo, era ya tarde. Éramos pareja. Estaba feliz. Ella también. Pero... pero estaba el asunto de por medio.

Cris quería que la acompañara los sábados a hacer deporte. Yo los necesitaba para mis hobbys, para descargarme. Hasta que un fin de semana ocurrió lo inevitable. Llamó cuando estaba en plena faena... Y las pasé putas.

Estaba afilando un cuchillo. Mi amigo de esa noche, Julian Valverde, me miraba con ojos suplicantes. "Ya no más", parecía decir. Pero me estaba divirtiendo. Todavía tenía noche por delante. Y entonces empezó a sonar el móvil. "Cris", ponía en la parpadeante pantalla. Así que salí y no se me ocurrió otra cosa que poner la música del coche a todo volumen. Fingí salir de algún lado, le dije que estaba tomando unas copas y que volvería en una hora. Me dijo que se aburría. Le dije que si no podía aguantar. Me dijo que me necesitaba. Me deshice por dentro. Le dije que tardaría en ir lo que me costara pagar y salir.

Julian tuvo suerte. Le corté el cuello sin más dilaciones, recogí todo, coloqué varias piedras pesadas atadas a las piernas y la cabeza del maltrecho cadáver y lo tiré al primer río que me crucé en mi camino.

Esto estaba mal, muy mal. No podía decirle que era una asesina porque me dejaría. Y tampoco podía dejar de asesinar porque me volvería loca. Pero lo que menos podía permitirme era actuar con semejante descuido. Las cárceles estaban llenas de gente que cometió un error por despistarse, por correr. Y éso es lo que estaba haciendo ahora: ir deprisa, corriendo y mal.

No. Tenía que pensar una solución. Y pronto.

martes, 22 de junio de 2010

Historias incompletas de un mundo imperfecto

Como no entiendo la mayor parte de las cosas, a menudo me limito a observar el vagar del resto del mundo. Sentada tras la ventana, veo al gordo de todos los días cruzar la calle en pantalón de chándal, a la viejita del carrito que pasa a las once día sí y día también, a la pareja de negras acompañadas siempre de hombres que les llevan un mínimo de veinte años.

No podría decirte su nombre. Ni su edad exacta. Ni a dónde van. Solo sé costumbres. La rutina de pasar todos los días bajo mi ventana.

Sin saberlo, forman parte de mi vida.

Sin que ellos lo sepan, formo parte de la suya.

Probablemente, para algún rostro oculto tras un cristal, soy la extraña chica que pasa de vez en cuando bajo el alféizar de su ventana.

No sabe quién soy ni a dónde voy. Solo mi costumbre.

Sin saberlo, formo parte de su vida.

Sin que yo lo sepa, forman parte de la vida.

Historias incompletas de un mundo imperfecto.

miércoles, 16 de junio de 2010

Doña Soledad

No te engañes. A soledad no ha de quitártela nadie. Todos tienen sus vidas y metas. Sus deberes. Sus tareas. Todos siguen su camino sin cunetas. Y tú, en la copa más alta de árbol, te limitas a verlos pasar y bajar de vez en cuando.

Sí, el autoengaño nunca fue tu fuerte. Te debates entre torbellinos repletos de inseguridades. Entre lunes de desidias. Martes de añoranzas. Miércoles de fritangas. Te absorben auténticas debacles que no deberían tocarte, pero te hielan. Y te das cuenta del brillo metálico de tu veta, que tu corazón es frialdad en estado puro. Es entonces cuando abandonas el árbol, en busca de calor.

¿Y qué? El fuego nunca resultó algo eterno. Un quemazo más que añadir a tus cicatrices. Una lágrima más a inundar tu alma. Tres vueltas más que añadir a tu cama. Un poco más de viento en tu anodina calma.

Sí, volveré a la cúspide del pino de mi vida. El autoengaño nunca fue mi fuerte. Y a soledad no ha de quitártela nunca, nunca nadie.

domingo, 6 de junio de 2010

Misterios del cuerpo humano

Desde que me enteré de que tenía hipotiroidismo, mi vida cambió radicalmente.
Tuve que empezar a comer mejor de lo que comía y a complementar mi, hasta entonces sedentaria vida, con ejercicio diario. Y curiosamente, ahora, si no hago ejercicio me falta algo. Sin embargo, mis salidas a andar y mis intentonas de correr me han dado anécdotas para dar y vender.
Aqui van un par de ellas:

Pongamos que es un lunes (por eso de que todos los buenos propósitos empiezan los lunes y se abandonan los martes, jijiji). Llevo unos cuantos muchos días dándole vueltas al tema de empezar a correr. ¿Debería o no debería? La verdad es que elegir entre andar dos horas diarias y correr media o una hora diaria me da la respuesta. Gano una hora de mi valioso tiempo. Así que ni corta ni perezosa, tras intentar ganar resistencia andando a buen paso toda la semana anterior, me hago una tablita y decido empezar a correr.

La idea en sí creo que no era mala. Andar diez minutitos, correr 2 minutitos. Andar unos cinco minutitos. Correr un minutito. Esas cosas. Pero claro, quién me iba a decir a mí que estaría "la supercuesta" (leerlo imaginando que está puesto en un letrero de neón rojo fuego de inimaginables dimensiones).

El caso es que había aguantado bien dos asaltos anteriores (tenía fatiga, pero menos de la que pensaba, y el flato no había hecho acto de aparición) y estaba pletórica. Me sentía la reina del mundo. Una Napoleón sin Rusia contra la que chocarse. Así que cuando vi que me tocaba correr cuesta arriba me dije: qué demonios, más calorias que quemo, ¡si soy la monda!. Y empecé a intentar subirla con trote regular.


Empecé a darme cuenta de que algo iba mal cuando comencé a notar que me costaba. Que me ahogaba. Que no había forma de mejorar ritmo ni de ir con la soltura con la que iba antes.

Y entonces, apareció: tchan tchan, tchan tchan, la vieja de la humillación final (lo mío con las viejas es obsesivo, ¿eh?)

Yo veía que corría y corría. Pero por más que corría, la vieja que iba delante mío, a paso normal lento, no parecía más cercana. Así que doblaba mis esfuerzos. Corría y corría.... hasta que a mitad de la cuesta me di cuenta de que... ¡Joder, no es posible! Si yo voy corriendo y ella va andando... ¡¡¡¡¡¡¿¿¿¿¿¿Cómo puede ganar ventaja??????!!!!!!

Así que dejé de correr, con la lengua fuera, derrotada y humillada. Y me di cuenta de que la vieja me miraba como si quisiera robarle el bolso o violarla o algo así. Y... que era hora del atasco habitual en la carretera que transcurre paralela a la acera por la que corría y había tooooooooda una fila de coches que seguro habían visto mi hazaña.

Hasta ahora no he vuelto a correr, pero, a Dios pongo por testigo, ¡qué nunca más volveré a pasar ham..., coño, espera, que eso es de una peli. Vamos, que prometo volver a intentarlo en breves.

La segunda anécdota que me pasó es mucho más simple. Ando en una zona cerca de mi casa, que tiene cesped y tierra y es perfecta para hacer deporte (de hecho, a ciertas horas suele estar muy transitada).

Lo que no me esperaba era, cuando ya llevaba media hora andando e iba por el borde de un césped verde y lozano, encontrarme con otra vieja más (¡sí, sí, que no me lo invento, que me encuentro con un montón de viejas por ahi, que no hay forma de sacarlas de mi vida!), espanzurrada sobre el césped y... ¡oh, dios, oh, dios, OH DIOS! ¡Haciendo Top-less!.

 Para cuando se percató de que me estaba acercando, era ya demasiado tarde. Ya me había dado tiempo a verle las "uvas pasas".


Aún así se tapó corriendo, que digo yo que a buenas horas. Y desde entonces me pregunto si se me verá en la cara que soy lesbiana...



En fin, y éstas son dos cosillas más que añadir a mi lista de "cosas que me pasan en mi vida diaria". Que mira que parece aburrida mi vida mientras la vivo, pero leñe, qué cantidad de sucesos extraños me pasan.

miércoles, 2 de junio de 2010

Las abuelitas y yo

A lo largo de mi rutina diaria, hay algo que siempre me ha llamado poderosamente la atención. "Las abuelitas del carrito".

Son las típicas que suelen llevar el carro vacío o medio vacío y que siempre se las ingenian para estar en medio, hacerte tropezar o darte un buen golpe en las piernas.

Otra cosa curiosa de estos especímenes es que no importa lo cargada o coja que vayas. No importa si te ven renqueante, sudorosa, con un montón de bolsas que abultan más que tú y con cara de "por Dios, quiero morirme". Seguirán por su lado de la acera pretendiendo que te apartes tú, por más que sea más que aparente que deberían moverse ellas, debido a tu evidente dificultad de movimiento y a tu cansancio físico.

Pues bien, iba yo hoy por mi ladito de la acera harta, sudorosa, hasta los coj* del mundo y de todos los que lo forman, con una bolsa lacerándome la mano y con otras tres haciendo bulto cuando justo, como caída del cielo, hace su aparición. La típica "abuelita del carrito".

Nos vamos acercando. Ahora veo que su carro va vacío, completamente vacío, pero no se aparta de mi camino. Nos acercamos más, más todavía. Y ninguna lleva visos de ceder hasta que pasa lo que tiene que pasar: quedamos frente a frente.

La buena mujer, se para y me mira como diciendo "Eh, no me importa como vayas. Tienes veinte años y yo ochenta, apártate".

Y yo, que bastante llevaba con soportarme a mí misma y al día que me había tocado vivir, me he quedado mirándola y me he encogido de hombros, tipo "tengo tooooooooodo el día".

Y oye, funcionó sin discusión. Se apartó y seguí por mi caminito hasta mi casa, donde al fin pude soltar las malditas bolsas.