lunes, 25 de enero de 2010

Estudiante

En vista de que no encuentro trabajo y de que el tema no parece mejorar, como miles de millones - imagino - de personas de este país, he decidido intentar sacarme unas oposiciones.

Me tiemblan las piernas al ver los,creo, más de 20 temas que me tengo que aprender para el teórico, pero me da más cague el práctico - del que no tengo ni idea, y como voy a intentarlo por mi cuenta, voy a tener que sacar partido a internet para conseguir manuales y manejar bien el dichoso "open office" entre otros.

La conclusión es que tendría que estar estudiando desde ayer y no voy a tener tiempo ni para rascarme el culo - miento, para rascarme el culo sí pq puedo apoyarme en el marco de la puerta mientras sujeto el libro -.

Me veo como la protagonista de un ánime que vi hace bastante tiempo, que como tenía que sacarse una asignatura del instituto que se le daba bastante mal comía con el libro, se duchaba con el libro, cagaba con el libro...

En fin, ya veremos como resulta esta "aventurilla".

Un saludo

Cuestionario

Esto es algo que he sacado del blog del cento . Me ha parecido curioso y he decidido responderlo. Aqui va:

1. ¿En qué animal te reencarnarías?
La verdad, es algo que nunca me he planteado. Pongamos que un águila - por decir algo -

2. Algo sin lo que no puedas estar...
La verdad, no se me ocurre nada. Ahora mismo, el ordenador, por cuestiones personales, pero si no lo tuviera, imagino que me buscaría la vida.

3. ¿Qué es lo que más aprecias de una persona?
No lo sé, soy muy observadora y generalmente me guío por conjuntos de cosas. Supongo que la sinceridad y el trato fácil son dos puntos muy fuertes a favor. También la inteligencia.

4. Suelo vestir de color...
No tengo colores predilectos. Me sirven todos siempre y cdo no sean llamativos.

5. Tres palabras que te definan:
Desordenada, inquieta, impaciente.


6. Un lugar al que viajarías...
Al desierto.

7. Tu cita favorita (de un libro, película...):
"Si los deseos fueran cerdos, el beicon siempre estaría de oferta"

8. Algo que quiero hacer:
pfff, un montón de cosas.

9. De mayor quiero ser...
Artista, jajaja. En realidad me parece una pregunta bastante tonta. Me basta con seguir siendo yo.

10. Reconozco que suelo...
Trasnochar mucho.


11. ¿Cual es tu obsesión en estos momentos?
Aprobar lo que estoy estudiando


12. ¿Cuál es tu horóscopo, te identificas con él?
Creo que por fecha de nacimiento, me ponen dos. Y ni idea, no me preocupo por esos temas

13. ¿Qué llevas puesto hoy?
Pues son las dos y media de la madrugada, así que el pijama.

14. ¿Qué es lo último que te compraste?
No lo recuerdo, no soy de caprichos irreflexivos.

15. ¿Qué piensas de la persona que te escogió?
Me escogí yo sola, ¿no querrás que me auto-ponga verde? Es del género tonto

16. ¿Qué hay para cenar?
Ni idea.

17. ¿Cuál es tu década preferida?
Creo que no tengo. Musicalmente, los ochenta.

18. ¿Cuáles son tus objetivos para el otoño-invierno?
Pues en su momento, sobrevivir a las navidades. Ahora, demostrar que soy inteligente.

19. ¿Qué te encantaría permitirte?
Una casa

20. De tu armario, ¿cuál es tu prenda favorita?
Un palestino que me regalaron hace poco más de un año y que me ha evitado muuuuuuchos problemas de garganta.


21. ¿Cuál es el trabajo de tus sueños?
Escritora

22. ¿Cuál es tu revista preferida?
No leo revistas. No me gustan.

23. ¿Qué consideras una metedura de pata en moda?
No entiendo nada de moda, así que diré solo una, representativa de lo que para mí representa el horror más profundo: Agatha Ruiz de la Prada.

24. Describe tu estilo:
Chándal si voy a andar, vaqueros para el resto. Deportivas si tengo que andar mucho, botines si tengo que andar poco. Sencillito, ¿no?

25. ¿Cuál es tu Beatle favorito?
No tengo


26. ¿De qué te enorgulleces?
Supongo que de nada

27. Mis nominaciones
Ninguna. Libre albedrío.

jueves, 21 de enero de 2010

Ejército de albóndigas

Cuando él colgó, María se quedó durante unos instantes mirando estúpidamente el auricular, como si el insolente pitido fuera a revelarle algo que todavía no supiera. Finalmente, lo imitó y colgó ella también. Fue entonces, al dejar de sentir el consolador peso del auricular en su diestra, cuando la inexorable realidad cayó sobre su cabeza como una losa de inimaginables dimensiones: lo había vuelto a hacer. Su querido hijo del alma había vuelto a repetir por enésima vez la jugada y, ahora, María se encontraba un viernes, a las diez de la noche, sin tener ni puta idea de qué cocinar mañana. La había pillado en bragas, coloquialmente hablando. Suspiró y se dejó caer pesadamente en el sillón, la primera etapa de los diversos estados de ánimo que la maldita manía de su hijo le provocaba ya superada. La segunda era pegarse una hora aceptando o rechazando posibles comidas. La tercera era la de cocinar como una loca y la cuarta y última – aunque no por ello menos intensa – una resignación sorda y palpitante que le invadía todos los nervios del cuerpo hasta quemarle las yemas de los dedos. María levantó la mirada. En la televisión estaban emitiendo un programa del corazón de esos que tanto le gustaban, pero en ese momento sus ojos estaban ausentes, mirando sin mirar. A un observador ingenuo habría podido parecerle que se había perdido por los mundos de yupi, pero nada más lejos de la realidad. Más allá de la vacuidad de sus hermosos ojos grises, el cerebro de María trabajaba a mil kilómetros por hora, tratando desesperadamente de encontrar una comida que fuera fácil de cocinar y satisficiera tres estómagos hambrientos sin darle ganas de mirar alternativamente al monedero y al reloj y echarse a llorar.
“Bueno” – Pensó - “Roma no se hizo en un día. Será mejor que vaya paso a paso antes de hundirme en el fracaso. Miraré qué conservas tengo en el taquillón, a ver si puedo librarme de ir a comprar”
Así que se levantó como si tuviera un muelle pegado al culo y se dejó caer pesadamente frente a las puertas del taquillón. Cinco minutos después, su pasillo parecía un puesto de mercadillo. Botes de olivas, de judías, de lentejas, callos, olivas, pulpo, setas, sardinas, mejillones… En fin, de todo. Pero nada que sirviera para resolverle la papeleta. Suspiró, volvió a organizar todo dentro del mueble con esa gracia natural que tienen las personas ordenadas por naturaleza, cerró las pequeñas puertas de un golpe y se levantó entre los dolorosos crujidos de sus maltrechas rodillas.
“Tengo que dejar de tirarme al suelo así” Pensó, cabizbaja, mientras volvía al cuarto de estar y se dejaba caer en el sillón. Se sentía cansada y hastiada. “soy demasiada vieja para estos trotes, coño” .
De nuevo, a un observador imparcial la postura de su cuerpo le habría hecho hacerse ideas equivocadas. Su cuerpo indicaba que se había rendido, había decidido olvidarse finalmente del tema y se había puesto a ver la televisión como un viernes cualquiera. Y de nuevo habría estado completamente equivocado. María estaba estrujando su cerebro, poniéndolo a mil, dos mil, cinco mil kilómetros por hora. “Comidas, comidas, comidas… Pasta no, que siempre protesta… ¿Judías? La última vez que le hice ni las tocó… ¿Lentejas? Ufff, hace demasiado calor para ponerme a hacer lentejas… ¿Ensaladilla? Puafff, tendré comida para toda la semana… Albóndigas… ¡Éso es, albóndigas! Se las come a gusto, las puedo congelar y hacerlas no cuesta tanto” Sonrió y ese simple gesto le quitó veinte años de encima, iluminándole todo el rostro. Ahora que ya se había quitado ese peso de encima, se sentía tranquila y feliz. Se acomodó, ya completamente relajada, y se dispuso a disfrutar del viernes noche viendo cada detalle de su programa favorito.
A la mañana siguiente, se despertó a las siete de la mañana acunada por la dulce musiquilla de su despertador. Lo apagó de un suave y descuidado manotazo, se sentó, se quedó quieta unos cinco o diez minutos, intentando despegarse de las últimas brumas del sueño y ya completamente despierta y templada, se levantó y caminó directamente al baño para darse una ducha. Salió de ésta diez minutos después relajada, limpia y despejada, desayunó, y para las ocho y poco ya salía por la puerta. Un cuarto de hora después, estaba frente a la pollería de su amigo Esteban, situada en el mercado del barrio.
- Hombre, María – Le saludó Esteban, que era un hombre de mejillas coloradas, robusto y medio calvo - ¿Cómo tan pronto por aquí?
- Ya ves, hijo, ya ves. Mi querido hijo me la volvió a jugar
- ¿A comer sin avisar? – Le preguntó Esteban con las gruesas cejas arqueadas
- A comer sin avisar – Confirmó María con voz entre frustrada y hosca
- Bueno, bueno, ahora te quejas, pero seguro que si no viniera a visitarte, también te quejarías
- Quién sabe – Respondió María con gesto cansado – Quién sabe
- ¿Y qué va a ser? – Suave y conciso, apartó el tema sin que se notara demasiado
- ¿Tienes carne picada de pollo? – Le preguntó María
- ¡Claro, y de la mejor calidad! Además, esta vez pedí la carne a una nueva distribuidora y, ¿sabes qué? ¡Me la vendió más barata y de mejor calidad! ¡Creo que voy a cambiar de bando! – Soltó una sonora carcajada añadió, con voz confidencial - Pero si quieres de la otra, todavía me queda un poco
- ¡Bah! – Exclamó María – En esta vida hay que probar suerte, ¿no? ¡Ponme un kilo de la nueva!
- Marchando un kilo para la bella señora – Confirmó Esteban, sonriendo - ¿Y a parte de tu hijo – Preguntó mientras pesaba la carne y la empaquetaba – cómo va el resto de la tropa?
- Pues la mayor por ahí anda, en su casa. La pequeña lo mismo. Y yo ya ves. Tirando.
- Bueno, siempre es mejor ir tirando que estar parado, ¿no?
- Supongo que sí – Accedió María, con una media sonrisa - ¿Y tú cómo vas?
- ¡Todos como un toro! ¡Solo hay que verme a mí! – Exclamó, riendo sonoramente de nuevo
- Eso está bien – A esas alturas la carne ya estaba sobre el mostrador - ¿Cuánto es?
- 3,50
María el dio un billete de cinco – no llevaba suelto –, Esteban le dio las vueltas, se despidieron y caminó de vuelta hacia su casa, presurosa, con el paquete bien asegurado debajo de la axila.
Entró en su casa resoplando de fatiga. Siempre había estado en buena forma, pero los años no pasaban en balde y acababa de descubrir, para su desgracia, que se estaba haciendo vieja y que el paso rápido comenzaba a apurarle más de lo que debería. Resopló entre dientes, dejó la carne olvidada encima del fogón y corrió hacia el baño – ése era otro de los motivos por el cual se había dado prisa en volver – presa de lo que en su fuero interno catalogaba como repentino apretón con retortijones de última hora. Hizo lo que tenía que hacer, tiró de la cadena, se lavó las manos y salió. Fue directamente a la cocina, su prioridad era hacer las albóndigas cuando antes, pero cuando ya tenía pie y medio dentro de ésta, resbaló y estuvo a punto de caerse . Recuperó el equilibrio con una extraña maniobra circense, mezcla de salto mortal y gracieta de payaso, bajó iracunda la mirada y se encontró de frente con la causa de su resbalón: un enorme charco ocupaba toda la entrada de la cocina. ¿Cómo pude dejar las albóndigas sin pisarlo? Se preguntó extrañada. Pero como llevaba prisa y tenía que limpiarlo, no le dio más vueltas. Pasó la fregona, refunfuñando palabras hebreas para sus adentros y, una vez hubo dejado el suelo como una patena, se plantó frente al fogón para ocuparse de lo que ya había empezado a denominar como “las malditas albóndigas”. Sacó el paquete de la pequeña bolsa en la que el pulcro y metódico Estaba lo había metido y lo abrió con un par de tirones contundentes. Bajo la intensa luz de la cocina, la carne lucía brillante, apetitosa y blanquísima. Cogió una fuente del armario, batió unos cuantos huevos y seguido, echó la carne. Tenía el paquete de pan rayado en la mano cuando el teléfono sonó. ¿Quién será? Se preguntó molesta. Dejó el paquete abierto apoyado en la fuente y salió corriendo porque su maldito teléfono tenía la manía de comerse dos timbrazos y dejar sonar solamente tres antes de hacer saltar al contestador. Por esta vez, María llegó a tiempo. Resoplando como una locomotora, María levantó el teléfono al comienzo del tercer timbrazo, pero de poco le sirvió. Cuando colocó el auricular en su oído, la saludó el sonido de la estática, y por más que se desgañitó con un ¿¡sí!? realizado en diversos tonos, no logró respuesta alguna. Colgó malhumorada, maldiciendo interiormente al gilipollas que la había molestado para nada y, al volverse, un grito de espanto le bloqueó la garganta, atrapado entre sus cuerdas vocales. Ahí, sobre la mesa, descansando sobre el tapete de ganchillo en el que tantas horas había invertido, había una araña feísima del tamaño de su mano. María tenía un pánico atroz a las arañas y, encima, esta era la más grande que había visto en su vida. Se quedó paralizada, mirándola con mudo asombro, su mente naufragando entre la fascinación y el terror más profundo. Como si la hubiera olido, ése horror grisáceo se volvió hacia ella y levantó amenazadoramente las patas delanteras, como si fuera un grotesco saludo. Para María, el ver esas dos peludas extremidades agitándose en el aire, fue la gota que colmó el vaso. Casi sin darse cuenta, soltó un grito que bien podría interpretarse como de pavor o de ganas de lucha, cogió lo primero que tenía a mano – que resultó ser la agenda de cuero en la que tenía apuntados a mano todos los teléfonos de familiares, amigos y conocidos - y se lo lanzó. Su puntería fue letal. La agenda rebotó sobre la mesa, hizo una pequeña pirueta y cayó justo encima de la asquerosa araña gigante, que quedó completamente espachurrada bajo su peso. El único recordatorio que quedaba eran las puntas de cuatro de sus ocho patas peludas, que asomaban por el borde derecho de la agenda. Atónita, María miró alternativamente a la agenda y a sus manos. Lanzó un tembloroso suspiro y miró más atentamente. Parecía muerta, pero no podía fiarse. Presa del pánico, se quitó un zapato y comenzó a dar cautelosos pasos hacia la zona del desastre, dispuesta a darle un contundente zapatazo si se movía. Un paso. Dos. Tres. Cuatro. Al décimo estaba frente a la agenda, tan cerca que podría haberla levantado con la mano. Pero no lo hizo. Sujetando el zapato bajo la axila, envolvió cuidadosamente la agenda con el pañito y solo cuando estuvo envuelta y bien envuelta, volvió a calzarse. Cogió cautelosamente el paquete que había formado y se apresuró a la cocina. Lo tiró a la basura, cerró apresuradamente la bolsa y bajó para tirarla a la basura. Hasta que no volvió a estar en su casa, lejos de la bolsa y del contenedor que la guardaba, no cayó en la cuenta de que probablemente había perdido más de la mitad de los teléfonos de sus seres queridos. Sopesó la posibilidad de bajar a coger la bolsa y la agenda. ¿Levantar la agenda con eso debajo? ¡Ni soñándolo! Pensó, soltando una seca carcajada. Los teléfonos podría volver a recuperarlos. Que le dieran por el culo a la agenda y al tapete. A los teléfonos y ya puestos, a la araña. Que le dieran a todo por el culo. Ella era muy feliz en su casa, aun sin esos teléfonos, siempre y cuando no hubiera arañas cerca. Ya más tranquila, María lanzó un tembloroso suspiro y fue entonces, cuando el relax comenzó a invadir su cuerpo, que se dio cuenta del desastre que se había armado en su ausencia

FIN

Este es el extracto de un texto que estoy escribiendo. No sé cuántas páginas durará ni que otras visicitudes sufrirá María. Si bien tengo un esquema mental de cómo ira más o menos la historia, el 90% de las cosas me han ido surgiendo sobre la marcha, mientras lo pasaba a limpio. No creo que escriba la continuación de este texto porque, desde que leí detenidamente lo que había hecho Lucia Etxebarria en sus plagios - parecer ser que pilló la "ayuda" porque estaba colgada en internet - he decidido tener más cuidado al publicar. Mis textos son como mis hijos y me obsesiona especialmente el hecho de que sean míos y solo míos y siempre tenga yo la última palabra sobre ellos.

Un saludo a todos

lunes, 18 de enero de 2010

Temas por aqui, nada por allá

Debido primero a temas personales y luego a que no encontraba nada que contar, he estado alejada del blog más tiempo del que habría deseado. Vuelvo a tener algo que contar y espero tenerlo durante mucho tiempo, aunque supongo que necesitaré descansos esporádicos. A saber. Siento si os he incomodado, y solo tengo una justificación - si es que así se puede denominar - : soy así.

En fin, dicen que los peregrinos poco a poco hacen camino a Santiago, ¿no? Supongo que es parco consuelo, pero menos da una piedra. Recuperaré el hábito del blog con algún relato o tema que me inquiete - de ambas cosas tengo bastantes -

Espero escribirlo con gusto y que lo leáis con sumo placer.

un saludo