viernes, 17 de diciembre de 2010

De mudanza

Cambio de blog. La dirección del nuevo, que sigue ligada a esta cuenta, es:

Cartas a la Oscuridad

jueves, 30 de septiembre de 2010

Paseando

Cuando salió del hospital comenzó a caminar. Del paseo pasó al paso ligero y del paso ligero al semitrote. Era como si quisiera huir de sí misma. Se perdió entre laberínticas calles de aceras estrechas invadidas por escalones de portal, esquivó varias obras y terminó cruzando una calle peatonal donde todo el mundo la frenaba. Había de todo: ancianos en pareja y solos, con gallatas, muletas o libres, parejas de mediana edad, gente curioseando entre las tiendas, grupos de jóvenes paseando con aire de impertinencia y padres con hijos.
Tardó diez minutos en cruzarla y volvió de nuevo a las aceras estrechas y semidesiertas hasta que llegó a su portal. Subió con paso cansado la escalera, abrió la puerta y, cuando entró y oyó el portazo tras su espalda, cayó en la cuenta de que por más que corras, jamás podrás huir de ti mismo.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Lo que no sé, lo imagino

¿Quién no ha querido alguna vez saber lo que están hablando esos dos de la esquina, que parecen tan apasionados? ¿Quién no ha sentido curiosidad cuando oye, de refilón, a dos viejecitas poniendo fina  a la Furgencia?

Y digo yo... ¿para qué saberlo si es mucho más fácil inventarlo? Así surgieron las "conversaciones imaginadas". Que ya de paso, me sirven mucho para crear historias casi a partir de cualquier frase escrita -vamos, que es un ejercicio que me ayuda a escribir mejor-.

La última que me inventé fue al salir dos viejecitas en la televisión, que aparecían ahi porque eran dos primas que habían cumplido, con una diferencia de meses, los 100 años.

Conversación del día del cumpleaños de la última:

- ¿Cuál de las dos crees que la diñara primero, primita?
- Yo no.
- Pues yo tampoco.
- Ya verás como la primera que la diña es la Tomasa.
- ¡Pero si ésa tiene ochenta!
- ¿Y?
- Que sigue casada. Vamos, que el marido aun le vive para cuidarla.
- Pues por eso, por eso, que los maridos matan.
Ambas: ¡Juas juas juas juas juas!

Está bien, está bien, lo reconozco: ando algo mal de la cabeza.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Conclusiones (o más bien cosas que no entiendo)

Antes de nada, explico que he deshabilitado los comentarios de esta entrada porque no es más que una reflexión. Ni pretendo quejarme ni es una especie de pataleta. Es algo que me parece curioso, sin más.

Nunca he sido alguien de excesos. Más allá de mi poca afición al deporte - reconozco que antes del hipotiroidismo iba a todos los sitios andando, pero no salía exclusivamente a andar ni a practicar ningún tipo de actividad deportiva -, no se puede decir que sea alguien que se ha buscado nada.

En mi casa hay cuatro fumadores, aunque mi madre por sí sola basta como ejemplo de por qué no debes coger el tabaco. Siempre juraré y perjuraré que cuando no tiene tabaco o está intentando "desengancharse" se comporta como una yonki que anda desesperada por la dosis del día. Así que decidí casi desde que tengo uso de razón que los cigarrillos serían algo a evitar.

Mi padre es diabético y comía - y todavía sigue, que quien tuvo retuvo - como un animal. Finalmente se volvió diabético, pero a los cuarenta y tantos, después de pasarse media vida entre perolones de judías y pollos enteros. Tanto mi hermana como mi hermano comen como posesos y no se engordan un gramo, ni revelan nada en los análisis. Mi cuñada está delgada, pero engaña, porque cuando se pone come tanto o más que mis hermanos. Y mi cuñado parece un Papa Noel ambulante, que come todo tipo de embutidos y no prueba las verduras, pero parece que a sus cuarenta tacos no le sale ninguna de las enfermedades relacionadas con la obesidad.

Y aqui estoy yo. Que no puedo comer apenas grasas porque me dan ardores de estómago. Que hace años que no soporto el embutido porque para mi gusto lo han amaliciado. Que no me gusta la panceta, que no suelo comer chorizo y que prefiero un plato de ensalada a un plato de lentejas.

Y encima, soy la única a dieta.

En fin, serán misterios del cuerpo humano...

lunes, 6 de septiembre de 2010

Porque no somos dioses (O de qué es lo que pasa cuando subimos a alguien a un altar)

Y es que los seres humanos somos pues eso, humanos. Con nuestros defectos y virtudes. Y al igual que hacemos cosas buenas, podemos meter profundamente la pata. Esto último es más probable cuando, por un hecho en particular, nos elevan a la categoria de héroes y por ende Dioses inmortales. Y nos dan la falsa sensación de que somos los mejores, los más guapos, intocables y perfectos.

Si bien se podrían poner miles de ejemplos, supongo que el ejemplo vivo más fácil se llama Diego Armando  Maradona. Que a pesar de haber caído en la drogadicción, no tener saber estar y conseguir que suba el pan cada vez que abre la boca, sigue teniendo una legión de seguidores que lo defienden a capa y a espada.

El último ejemplo español de lo que puede pasar cuando subes a alguien a un pedestal tiene nombre y apellidos: Jesus Neira. Este archiconocido elemento lleva ya tiempos y tiempos, casi desde que salió del hospital, soltando perlas por su boca.

Entre sus declaraciones más jugosas están la de afirmar que se iba a sacar una licencia de armas y, cuando el señor Antonio Puerta salió en libertad condicional, afirmó, sin ningún tipo de pudor que, y cito textualmente, le gustaría "no ser español, me da asco y vergüenza, me gustaría ser ciudadano de otro país y, desde luego, lo haré".

¿Y qué es lo que hacemos nosotros, los españolitos, cuando un héroe comienza a demostrar que tiene una boca como una dalla? Pues llega Esperanza Aguirre y le da un puesto gubernamental.

Y ahora, que han pillado al pobrecito señor triplicando, según la mayoría de los periódicos, la tasa de alcoholemia y cuya primera defensa es que había tomado licor de café, que no sabía que llevaba alcohol y que interfirió con su medicación - vamos, claramente un "yo no bebí, fueron unos malvados licores los que me emborracharon" - y que estaba muy agradecido porque la policia le hubiera parado en su más que deficiente conducción porque no se sentía bien - si, fijo que estaba feliz de la multa, de la retirada del carné, del futuro juicio y de la posible cárcel, vamos, una alegría... -, ¿qué es lo que hace la gente? Protestar para que lo retiren del cargo público gubernamental.

Y ahora es cuando yo me pregunto: ¿es que nadie se acuerda de que este señor ha ejercido, no sé si sigue ejerciendo y podría volver a ejercer como profesor universitario? ¿Nadie ha pensado que semejante personaje está dando clases a miles y miles de alumnos? Porque yo considero que una persona que se dedica a insultar a todos aquellos que no le bailan el agua, que se dedica a afirmar abiertamente que no quiere ser español, que afirma querer sacarse una licencia de armas y que para colmo conduce bebido, no es un buen ejemplo para la generación universitaria.

No, si al final, va a resultar que siendo como soy, soy más tradicional que toda la derecha rancia de España. Aysss....

lunes, 30 de agosto de 2010

Tip tap, tip tap.

Su corazón parecía latir fuerte, pero le dolía el pecho.

Tip tap, tip tap, tip tap.

Se palpó cuidadosamente la zona izquierda, esperando un súbito estallido de dolor que le atenazara el brazo izquierdo y terminara con su vida en diez piadosos segundos. Pero nada de eso paso. Volvió a ponerse los dedos en el cuello.

Tip tap, tip tap.

Todo parecía ir bien. ¿Por qué le dolía?

Se palpó de nuevo el pecho y pareció convencerse de que de momento no iba a pasar nada. Examinó sus ojeras en el espejo, se lavo la cara y los dientes, se peino como siempre, desayunó y se fue a trabajar.

Esa noche volvió a notar el dolor.

Tip tap, tip tap. Tip tap, tip tap.

Su corazón seguía latiendo, pero lo notaba raro. ¿Sería ahora cuando le diera? ¿Sería en ese instante cuando sus arterías dirían definitivamente basta?

Tumbado en la cama, se palpaba el pecho por encima del pijama.

Tip tap. Decía su corazón. Tip tap.

Así pasó una semana, mirándose en el espejo atónito, palpándose inconscientemente el pecho cada cinco minutos. Sin dormir ni apenas comer.

Hasta que al fin, una luz se encendió en el fondo de su cerebro y lo comprendió:

Le habían roto el corazón

viernes, 25 de junio de 2010

Los trastornos del amor

- Me gustas. Me gustas cada vez un poco más - Me explicaba, sujetando temblorosamente un cigarrillo entre sus dedos. Detalle este harto sorprendente para mí, que nunca jamás la había visto fumar - Pero no es algo que debiera decirte.

Quise preguntar que por qué no. Contarle que el amor es libre. Casi tanto como el capricho. Pero me quedé k.o. Solo pude mirarla con expresión impactada y eso fue todo. Mis labios permanecían pegados. Mis cuerdas vocales enredadas.

- Mejor así. Mejor que no digas nada. Las dos sabemos que ésto no es conveniente.

Y efectivamente, no lo era. Teníamos carácteres opuestos y modos de vida muy distintos. Ella era divertida y fantasiosa. Yo una estable rutinaria. Ella se dedicaba a los deportes de riesgo. Yo... Bueno, jugaba con mis "amigos". Pálida, intenté volver a hablar, y esta vez lo conseguí.

- M-mira, C-cris - Hice un visible esfuerzo por afianzar mi voz - No es que yo no quiera... Es que no puedo.

No dijo nada, creo que me comprendió. Cogió la puerta y se fue. Volví a quedarme sola. Sola en mis aposentos, en mis pertenencias. Sola para repartir todo mi tiempo y beberme el sobrante en pequeños tragos de aburrimiento hasta embriagarme y sacudirme entre temblores del alma. Despotricar contra el mundo. Querer destrozar los espejos que devuelven el reflejo de mi rostro abotargado por la nostalgia. Odiar a todo y a todos pero, sobretodo, odiarme a mí.

Y así pasaron tres días. Tres días de autocompasión continuada. Al cuarto no lo soporté y fui a buscarla. Llamé a su casa. Dije que era yo, me abrió. Así de fácil. Así de simpe. Y cuando subí... me quedé sin palabras. Fueron pasando los segundos, los minutos. El tic-tac del reloj aumentaba mis nervios, reverberaba en mi mente.

- Bueno, ¿qué te trae por aqui? - Preguntó Cris al quinto minuto de mudez obligada. Y antes de darme cuenta... la besé. Para cuando me paré a analizarlo todo, era ya tarde. Éramos pareja. Estaba feliz. Ella también. Pero... pero estaba el asunto de por medio.

Cris quería que la acompañara los sábados a hacer deporte. Yo los necesitaba para mis hobbys, para descargarme. Hasta que un fin de semana ocurrió lo inevitable. Llamó cuando estaba en plena faena... Y las pasé putas.

Estaba afilando un cuchillo. Mi amigo de esa noche, Julian Valverde, me miraba con ojos suplicantes. "Ya no más", parecía decir. Pero me estaba divirtiendo. Todavía tenía noche por delante. Y entonces empezó a sonar el móvil. "Cris", ponía en la parpadeante pantalla. Así que salí y no se me ocurrió otra cosa que poner la música del coche a todo volumen. Fingí salir de algún lado, le dije que estaba tomando unas copas y que volvería en una hora. Me dijo que se aburría. Le dije que si no podía aguantar. Me dijo que me necesitaba. Me deshice por dentro. Le dije que tardaría en ir lo que me costara pagar y salir.

Julian tuvo suerte. Le corté el cuello sin más dilaciones, recogí todo, coloqué varias piedras pesadas atadas a las piernas y la cabeza del maltrecho cadáver y lo tiré al primer río que me crucé en mi camino.

Esto estaba mal, muy mal. No podía decirle que era una asesina porque me dejaría. Y tampoco podía dejar de asesinar porque me volvería loca. Pero lo que menos podía permitirme era actuar con semejante descuido. Las cárceles estaban llenas de gente que cometió un error por despistarse, por correr. Y éso es lo que estaba haciendo ahora: ir deprisa, corriendo y mal.

No. Tenía que pensar una solución. Y pronto.

martes, 22 de junio de 2010

Historias incompletas de un mundo imperfecto

Como no entiendo la mayor parte de las cosas, a menudo me limito a observar el vagar del resto del mundo. Sentada tras la ventana, veo al gordo de todos los días cruzar la calle en pantalón de chándal, a la viejita del carrito que pasa a las once día sí y día también, a la pareja de negras acompañadas siempre de hombres que les llevan un mínimo de veinte años.

No podría decirte su nombre. Ni su edad exacta. Ni a dónde van. Solo sé costumbres. La rutina de pasar todos los días bajo mi ventana.

Sin saberlo, forman parte de mi vida.

Sin que ellos lo sepan, formo parte de la suya.

Probablemente, para algún rostro oculto tras un cristal, soy la extraña chica que pasa de vez en cuando bajo el alféizar de su ventana.

No sabe quién soy ni a dónde voy. Solo mi costumbre.

Sin saberlo, formo parte de su vida.

Sin que yo lo sepa, forman parte de la vida.

Historias incompletas de un mundo imperfecto.

miércoles, 16 de junio de 2010

Doña Soledad

No te engañes. A soledad no ha de quitártela nadie. Todos tienen sus vidas y metas. Sus deberes. Sus tareas. Todos siguen su camino sin cunetas. Y tú, en la copa más alta de árbol, te limitas a verlos pasar y bajar de vez en cuando.

Sí, el autoengaño nunca fue tu fuerte. Te debates entre torbellinos repletos de inseguridades. Entre lunes de desidias. Martes de añoranzas. Miércoles de fritangas. Te absorben auténticas debacles que no deberían tocarte, pero te hielan. Y te das cuenta del brillo metálico de tu veta, que tu corazón es frialdad en estado puro. Es entonces cuando abandonas el árbol, en busca de calor.

¿Y qué? El fuego nunca resultó algo eterno. Un quemazo más que añadir a tus cicatrices. Una lágrima más a inundar tu alma. Tres vueltas más que añadir a tu cama. Un poco más de viento en tu anodina calma.

Sí, volveré a la cúspide del pino de mi vida. El autoengaño nunca fue mi fuerte. Y a soledad no ha de quitártela nunca, nunca nadie.

domingo, 6 de junio de 2010

Misterios del cuerpo humano

Desde que me enteré de que tenía hipotiroidismo, mi vida cambió radicalmente.
Tuve que empezar a comer mejor de lo que comía y a complementar mi, hasta entonces sedentaria vida, con ejercicio diario. Y curiosamente, ahora, si no hago ejercicio me falta algo. Sin embargo, mis salidas a andar y mis intentonas de correr me han dado anécdotas para dar y vender.
Aqui van un par de ellas:

Pongamos que es un lunes (por eso de que todos los buenos propósitos empiezan los lunes y se abandonan los martes, jijiji). Llevo unos cuantos muchos días dándole vueltas al tema de empezar a correr. ¿Debería o no debería? La verdad es que elegir entre andar dos horas diarias y correr media o una hora diaria me da la respuesta. Gano una hora de mi valioso tiempo. Así que ni corta ni perezosa, tras intentar ganar resistencia andando a buen paso toda la semana anterior, me hago una tablita y decido empezar a correr.

La idea en sí creo que no era mala. Andar diez minutitos, correr 2 minutitos. Andar unos cinco minutitos. Correr un minutito. Esas cosas. Pero claro, quién me iba a decir a mí que estaría "la supercuesta" (leerlo imaginando que está puesto en un letrero de neón rojo fuego de inimaginables dimensiones).

El caso es que había aguantado bien dos asaltos anteriores (tenía fatiga, pero menos de la que pensaba, y el flato no había hecho acto de aparición) y estaba pletórica. Me sentía la reina del mundo. Una Napoleón sin Rusia contra la que chocarse. Así que cuando vi que me tocaba correr cuesta arriba me dije: qué demonios, más calorias que quemo, ¡si soy la monda!. Y empecé a intentar subirla con trote regular.


Empecé a darme cuenta de que algo iba mal cuando comencé a notar que me costaba. Que me ahogaba. Que no había forma de mejorar ritmo ni de ir con la soltura con la que iba antes.

Y entonces, apareció: tchan tchan, tchan tchan, la vieja de la humillación final (lo mío con las viejas es obsesivo, ¿eh?)

Yo veía que corría y corría. Pero por más que corría, la vieja que iba delante mío, a paso normal lento, no parecía más cercana. Así que doblaba mis esfuerzos. Corría y corría.... hasta que a mitad de la cuesta me di cuenta de que... ¡Joder, no es posible! Si yo voy corriendo y ella va andando... ¡¡¡¡¡¡¿¿¿¿¿¿Cómo puede ganar ventaja??????!!!!!!

Así que dejé de correr, con la lengua fuera, derrotada y humillada. Y me di cuenta de que la vieja me miraba como si quisiera robarle el bolso o violarla o algo así. Y... que era hora del atasco habitual en la carretera que transcurre paralela a la acera por la que corría y había tooooooooda una fila de coches que seguro habían visto mi hazaña.

Hasta ahora no he vuelto a correr, pero, a Dios pongo por testigo, ¡qué nunca más volveré a pasar ham..., coño, espera, que eso es de una peli. Vamos, que prometo volver a intentarlo en breves.

La segunda anécdota que me pasó es mucho más simple. Ando en una zona cerca de mi casa, que tiene cesped y tierra y es perfecta para hacer deporte (de hecho, a ciertas horas suele estar muy transitada).

Lo que no me esperaba era, cuando ya llevaba media hora andando e iba por el borde de un césped verde y lozano, encontrarme con otra vieja más (¡sí, sí, que no me lo invento, que me encuentro con un montón de viejas por ahi, que no hay forma de sacarlas de mi vida!), espanzurrada sobre el césped y... ¡oh, dios, oh, dios, OH DIOS! ¡Haciendo Top-less!.

 Para cuando se percató de que me estaba acercando, era ya demasiado tarde. Ya me había dado tiempo a verle las "uvas pasas".


Aún así se tapó corriendo, que digo yo que a buenas horas. Y desde entonces me pregunto si se me verá en la cara que soy lesbiana...



En fin, y éstas son dos cosillas más que añadir a mi lista de "cosas que me pasan en mi vida diaria". Que mira que parece aburrida mi vida mientras la vivo, pero leñe, qué cantidad de sucesos extraños me pasan.

miércoles, 2 de junio de 2010

Las abuelitas y yo

A lo largo de mi rutina diaria, hay algo que siempre me ha llamado poderosamente la atención. "Las abuelitas del carrito".

Son las típicas que suelen llevar el carro vacío o medio vacío y que siempre se las ingenian para estar en medio, hacerte tropezar o darte un buen golpe en las piernas.

Otra cosa curiosa de estos especímenes es que no importa lo cargada o coja que vayas. No importa si te ven renqueante, sudorosa, con un montón de bolsas que abultan más que tú y con cara de "por Dios, quiero morirme". Seguirán por su lado de la acera pretendiendo que te apartes tú, por más que sea más que aparente que deberían moverse ellas, debido a tu evidente dificultad de movimiento y a tu cansancio físico.

Pues bien, iba yo hoy por mi ladito de la acera harta, sudorosa, hasta los coj* del mundo y de todos los que lo forman, con una bolsa lacerándome la mano y con otras tres haciendo bulto cuando justo, como caída del cielo, hace su aparición. La típica "abuelita del carrito".

Nos vamos acercando. Ahora veo que su carro va vacío, completamente vacío, pero no se aparta de mi camino. Nos acercamos más, más todavía. Y ninguna lleva visos de ceder hasta que pasa lo que tiene que pasar: quedamos frente a frente.

La buena mujer, se para y me mira como diciendo "Eh, no me importa como vayas. Tienes veinte años y yo ochenta, apártate".

Y yo, que bastante llevaba con soportarme a mí misma y al día que me había tocado vivir, me he quedado mirándola y me he encogido de hombros, tipo "tengo tooooooooodo el día".

Y oye, funcionó sin discusión. Se apartó y seguí por mi caminito hasta mi casa, donde al fin pude soltar las malditas bolsas.

sábado, 29 de mayo de 2010

Elección

A menudo, me encuentro detestando los caminos ramificados. Odio la elección. Caminar por uno implica olvidar el resto, dejar de conocerlos, pasarme la vida con la duda.
Hace algún tiempo me di cuenta de que, en cierta bifurcación, tomé el camino de la derecha... y yo era zurda. Para cuando quise saltar hacia atrás las barricadas me impedían el paso. Había tomado el camino equivocado... para siempre.
Y comprendí que la perdería. Que seguiría su empedrado olvidándose de mí, sin llegar a saber nunca, porque no había sido capaz de confesárselo, que la amaba.
Me senté un rato en la cuneta y lloré, escuchando los sonetos compuestos por los cinco tristes dedos de mi alma.
Al cabo de un rato levanté la cabeza y lo vi: sí, ahi estaba. Buero Vallejo me miraba desde el tragaluz, mostrándome el tren que acababa de perder. Y entonces noté un fuerte tirón en uno de mis dedos. ¿Quieres jugar a los sueños premonitorios? Me preguntó Vicente, mirándome con cierta sonrisa de pillo.

Y de tan sorprendida como estaba, solo acerté a decir: “Sí, quiero”. Para cuando quise darme cuenta la cuerda estaba demasiado tensa, el precipicio demasiado cerca...
Desperté sudando. La horrible realidad era que la había perdido. Pero... ¿y la premonición? De existir, solo podría ser una cosa. Debía darme prisa.

ACTUALIZACIÓN

Bueno, ya he hecho el examen de las opos. Igual suena la flauta, aunque me ha pillado muy corrido y probablemente tendré que presentarme el año que viene. En fin, cosas peores suelen pasar, ¿no?
Al menos, ahora tendré otra vez tiempo libre para pasarme por vuestros blogs y actualizar el mío más a menudo.

Un saludo a todos


miércoles, 19 de mayo de 2010

Prólogo

Te divides. Tu alma se bifurca y tú no sabes a qué camino atender. El invierno invade inexorablemente tu corazón. El sueño te rehuye y comienzas a dudar por la noche. Siempre durante la noche. Y un buen día chocas con una puerta que recién se abre. El calor vuelve a invadir tus venas. El fuego arde en tu corazón. Tu alma florece de nuevo. Y sin entender muy bien cómo, ni por qué, ni cuándo, al fin te das cuenta: Ha llegado la primavera.


Introducción al libro que actualmente estoy escribiendo, "el bello arte del asesinato".


ACTUALIZACIÓN
A partir de la semana que viene volveré a la normalidad. Podré ponerme al día y volver a escribir como antes.

Un saludo

sábado, 24 de abril de 2010

Sigo viva

Y aqui estoy. Sigo estudiando como una loca (hay días que no sé si soy una persona o un libro de auxiliar administrativo) y encima me han surgido ciertos problemas familiares que me han apartado de mi querida y normal vida durante un periodo de tiempo tal vez demasiado largo para mi gusto .

Es bastante triste que durante  tantos años haya tenido un montón de tiempo libre y precisamente ahora que surgen los temas más jugosos (el velo islámico, Garzón, el pollo de Evo...) me falten horas y no pueda decir ni pio.

Pero simplemente os digo desde aqui que no os olvido y que tampoco me olvido del blog. Os leo cuando puedo, aunque no comente ni escriba nada por aqui. Ya vendrán tiempos mejores, con más segundos, minutos y horas para dedicar a las aficiones.

Un saludo a todos

pd: para comprobar si Evo estaba en lo cierto, ayer comí pechugas de pollo. Mi pelo sigue tan lustroso como siempre. Y no me ha dado por ver "Los puentes de Madison" y echarme a llorar.

lunes, 25 de enero de 2010

Estudiante

En vista de que no encuentro trabajo y de que el tema no parece mejorar, como miles de millones - imagino - de personas de este país, he decidido intentar sacarme unas oposiciones.

Me tiemblan las piernas al ver los,creo, más de 20 temas que me tengo que aprender para el teórico, pero me da más cague el práctico - del que no tengo ni idea, y como voy a intentarlo por mi cuenta, voy a tener que sacar partido a internet para conseguir manuales y manejar bien el dichoso "open office" entre otros.

La conclusión es que tendría que estar estudiando desde ayer y no voy a tener tiempo ni para rascarme el culo - miento, para rascarme el culo sí pq puedo apoyarme en el marco de la puerta mientras sujeto el libro -.

Me veo como la protagonista de un ánime que vi hace bastante tiempo, que como tenía que sacarse una asignatura del instituto que se le daba bastante mal comía con el libro, se duchaba con el libro, cagaba con el libro...

En fin, ya veremos como resulta esta "aventurilla".

Un saludo

Cuestionario

Esto es algo que he sacado del blog del cento . Me ha parecido curioso y he decidido responderlo. Aqui va:

1. ¿En qué animal te reencarnarías?
La verdad, es algo que nunca me he planteado. Pongamos que un águila - por decir algo -

2. Algo sin lo que no puedas estar...
La verdad, no se me ocurre nada. Ahora mismo, el ordenador, por cuestiones personales, pero si no lo tuviera, imagino que me buscaría la vida.

3. ¿Qué es lo que más aprecias de una persona?
No lo sé, soy muy observadora y generalmente me guío por conjuntos de cosas. Supongo que la sinceridad y el trato fácil son dos puntos muy fuertes a favor. También la inteligencia.

4. Suelo vestir de color...
No tengo colores predilectos. Me sirven todos siempre y cdo no sean llamativos.

5. Tres palabras que te definan:
Desordenada, inquieta, impaciente.


6. Un lugar al que viajarías...
Al desierto.

7. Tu cita favorita (de un libro, película...):
"Si los deseos fueran cerdos, el beicon siempre estaría de oferta"

8. Algo que quiero hacer:
pfff, un montón de cosas.

9. De mayor quiero ser...
Artista, jajaja. En realidad me parece una pregunta bastante tonta. Me basta con seguir siendo yo.

10. Reconozco que suelo...
Trasnochar mucho.


11. ¿Cual es tu obsesión en estos momentos?
Aprobar lo que estoy estudiando


12. ¿Cuál es tu horóscopo, te identificas con él?
Creo que por fecha de nacimiento, me ponen dos. Y ni idea, no me preocupo por esos temas

13. ¿Qué llevas puesto hoy?
Pues son las dos y media de la madrugada, así que el pijama.

14. ¿Qué es lo último que te compraste?
No lo recuerdo, no soy de caprichos irreflexivos.

15. ¿Qué piensas de la persona que te escogió?
Me escogí yo sola, ¿no querrás que me auto-ponga verde? Es del género tonto

16. ¿Qué hay para cenar?
Ni idea.

17. ¿Cuál es tu década preferida?
Creo que no tengo. Musicalmente, los ochenta.

18. ¿Cuáles son tus objetivos para el otoño-invierno?
Pues en su momento, sobrevivir a las navidades. Ahora, demostrar que soy inteligente.

19. ¿Qué te encantaría permitirte?
Una casa

20. De tu armario, ¿cuál es tu prenda favorita?
Un palestino que me regalaron hace poco más de un año y que me ha evitado muuuuuuchos problemas de garganta.


21. ¿Cuál es el trabajo de tus sueños?
Escritora

22. ¿Cuál es tu revista preferida?
No leo revistas. No me gustan.

23. ¿Qué consideras una metedura de pata en moda?
No entiendo nada de moda, así que diré solo una, representativa de lo que para mí representa el horror más profundo: Agatha Ruiz de la Prada.

24. Describe tu estilo:
Chándal si voy a andar, vaqueros para el resto. Deportivas si tengo que andar mucho, botines si tengo que andar poco. Sencillito, ¿no?

25. ¿Cuál es tu Beatle favorito?
No tengo


26. ¿De qué te enorgulleces?
Supongo que de nada

27. Mis nominaciones
Ninguna. Libre albedrío.

jueves, 21 de enero de 2010

Ejército de albóndigas

Cuando él colgó, María se quedó durante unos instantes mirando estúpidamente el auricular, como si el insolente pitido fuera a revelarle algo que todavía no supiera. Finalmente, lo imitó y colgó ella también. Fue entonces, al dejar de sentir el consolador peso del auricular en su diestra, cuando la inexorable realidad cayó sobre su cabeza como una losa de inimaginables dimensiones: lo había vuelto a hacer. Su querido hijo del alma había vuelto a repetir por enésima vez la jugada y, ahora, María se encontraba un viernes, a las diez de la noche, sin tener ni puta idea de qué cocinar mañana. La había pillado en bragas, coloquialmente hablando. Suspiró y se dejó caer pesadamente en el sillón, la primera etapa de los diversos estados de ánimo que la maldita manía de su hijo le provocaba ya superada. La segunda era pegarse una hora aceptando o rechazando posibles comidas. La tercera era la de cocinar como una loca y la cuarta y última – aunque no por ello menos intensa – una resignación sorda y palpitante que le invadía todos los nervios del cuerpo hasta quemarle las yemas de los dedos. María levantó la mirada. En la televisión estaban emitiendo un programa del corazón de esos que tanto le gustaban, pero en ese momento sus ojos estaban ausentes, mirando sin mirar. A un observador ingenuo habría podido parecerle que se había perdido por los mundos de yupi, pero nada más lejos de la realidad. Más allá de la vacuidad de sus hermosos ojos grises, el cerebro de María trabajaba a mil kilómetros por hora, tratando desesperadamente de encontrar una comida que fuera fácil de cocinar y satisficiera tres estómagos hambrientos sin darle ganas de mirar alternativamente al monedero y al reloj y echarse a llorar.
“Bueno” – Pensó - “Roma no se hizo en un día. Será mejor que vaya paso a paso antes de hundirme en el fracaso. Miraré qué conservas tengo en el taquillón, a ver si puedo librarme de ir a comprar”
Así que se levantó como si tuviera un muelle pegado al culo y se dejó caer pesadamente frente a las puertas del taquillón. Cinco minutos después, su pasillo parecía un puesto de mercadillo. Botes de olivas, de judías, de lentejas, callos, olivas, pulpo, setas, sardinas, mejillones… En fin, de todo. Pero nada que sirviera para resolverle la papeleta. Suspiró, volvió a organizar todo dentro del mueble con esa gracia natural que tienen las personas ordenadas por naturaleza, cerró las pequeñas puertas de un golpe y se levantó entre los dolorosos crujidos de sus maltrechas rodillas.
“Tengo que dejar de tirarme al suelo así” Pensó, cabizbaja, mientras volvía al cuarto de estar y se dejaba caer en el sillón. Se sentía cansada y hastiada. “soy demasiada vieja para estos trotes, coño” .
De nuevo, a un observador imparcial la postura de su cuerpo le habría hecho hacerse ideas equivocadas. Su cuerpo indicaba que se había rendido, había decidido olvidarse finalmente del tema y se había puesto a ver la televisión como un viernes cualquiera. Y de nuevo habría estado completamente equivocado. María estaba estrujando su cerebro, poniéndolo a mil, dos mil, cinco mil kilómetros por hora. “Comidas, comidas, comidas… Pasta no, que siempre protesta… ¿Judías? La última vez que le hice ni las tocó… ¿Lentejas? Ufff, hace demasiado calor para ponerme a hacer lentejas… ¿Ensaladilla? Puafff, tendré comida para toda la semana… Albóndigas… ¡Éso es, albóndigas! Se las come a gusto, las puedo congelar y hacerlas no cuesta tanto” Sonrió y ese simple gesto le quitó veinte años de encima, iluminándole todo el rostro. Ahora que ya se había quitado ese peso de encima, se sentía tranquila y feliz. Se acomodó, ya completamente relajada, y se dispuso a disfrutar del viernes noche viendo cada detalle de su programa favorito.
A la mañana siguiente, se despertó a las siete de la mañana acunada por la dulce musiquilla de su despertador. Lo apagó de un suave y descuidado manotazo, se sentó, se quedó quieta unos cinco o diez minutos, intentando despegarse de las últimas brumas del sueño y ya completamente despierta y templada, se levantó y caminó directamente al baño para darse una ducha. Salió de ésta diez minutos después relajada, limpia y despejada, desayunó, y para las ocho y poco ya salía por la puerta. Un cuarto de hora después, estaba frente a la pollería de su amigo Esteban, situada en el mercado del barrio.
- Hombre, María – Le saludó Esteban, que era un hombre de mejillas coloradas, robusto y medio calvo - ¿Cómo tan pronto por aquí?
- Ya ves, hijo, ya ves. Mi querido hijo me la volvió a jugar
- ¿A comer sin avisar? – Le preguntó Esteban con las gruesas cejas arqueadas
- A comer sin avisar – Confirmó María con voz entre frustrada y hosca
- Bueno, bueno, ahora te quejas, pero seguro que si no viniera a visitarte, también te quejarías
- Quién sabe – Respondió María con gesto cansado – Quién sabe
- ¿Y qué va a ser? – Suave y conciso, apartó el tema sin que se notara demasiado
- ¿Tienes carne picada de pollo? – Le preguntó María
- ¡Claro, y de la mejor calidad! Además, esta vez pedí la carne a una nueva distribuidora y, ¿sabes qué? ¡Me la vendió más barata y de mejor calidad! ¡Creo que voy a cambiar de bando! – Soltó una sonora carcajada añadió, con voz confidencial - Pero si quieres de la otra, todavía me queda un poco
- ¡Bah! – Exclamó María – En esta vida hay que probar suerte, ¿no? ¡Ponme un kilo de la nueva!
- Marchando un kilo para la bella señora – Confirmó Esteban, sonriendo - ¿Y a parte de tu hijo – Preguntó mientras pesaba la carne y la empaquetaba – cómo va el resto de la tropa?
- Pues la mayor por ahí anda, en su casa. La pequeña lo mismo. Y yo ya ves. Tirando.
- Bueno, siempre es mejor ir tirando que estar parado, ¿no?
- Supongo que sí – Accedió María, con una media sonrisa - ¿Y tú cómo vas?
- ¡Todos como un toro! ¡Solo hay que verme a mí! – Exclamó, riendo sonoramente de nuevo
- Eso está bien – A esas alturas la carne ya estaba sobre el mostrador - ¿Cuánto es?
- 3,50
María el dio un billete de cinco – no llevaba suelto –, Esteban le dio las vueltas, se despidieron y caminó de vuelta hacia su casa, presurosa, con el paquete bien asegurado debajo de la axila.
Entró en su casa resoplando de fatiga. Siempre había estado en buena forma, pero los años no pasaban en balde y acababa de descubrir, para su desgracia, que se estaba haciendo vieja y que el paso rápido comenzaba a apurarle más de lo que debería. Resopló entre dientes, dejó la carne olvidada encima del fogón y corrió hacia el baño – ése era otro de los motivos por el cual se había dado prisa en volver – presa de lo que en su fuero interno catalogaba como repentino apretón con retortijones de última hora. Hizo lo que tenía que hacer, tiró de la cadena, se lavó las manos y salió. Fue directamente a la cocina, su prioridad era hacer las albóndigas cuando antes, pero cuando ya tenía pie y medio dentro de ésta, resbaló y estuvo a punto de caerse . Recuperó el equilibrio con una extraña maniobra circense, mezcla de salto mortal y gracieta de payaso, bajó iracunda la mirada y se encontró de frente con la causa de su resbalón: un enorme charco ocupaba toda la entrada de la cocina. ¿Cómo pude dejar las albóndigas sin pisarlo? Se preguntó extrañada. Pero como llevaba prisa y tenía que limpiarlo, no le dio más vueltas. Pasó la fregona, refunfuñando palabras hebreas para sus adentros y, una vez hubo dejado el suelo como una patena, se plantó frente al fogón para ocuparse de lo que ya había empezado a denominar como “las malditas albóndigas”. Sacó el paquete de la pequeña bolsa en la que el pulcro y metódico Estaba lo había metido y lo abrió con un par de tirones contundentes. Bajo la intensa luz de la cocina, la carne lucía brillante, apetitosa y blanquísima. Cogió una fuente del armario, batió unos cuantos huevos y seguido, echó la carne. Tenía el paquete de pan rayado en la mano cuando el teléfono sonó. ¿Quién será? Se preguntó molesta. Dejó el paquete abierto apoyado en la fuente y salió corriendo porque su maldito teléfono tenía la manía de comerse dos timbrazos y dejar sonar solamente tres antes de hacer saltar al contestador. Por esta vez, María llegó a tiempo. Resoplando como una locomotora, María levantó el teléfono al comienzo del tercer timbrazo, pero de poco le sirvió. Cuando colocó el auricular en su oído, la saludó el sonido de la estática, y por más que se desgañitó con un ¿¡sí!? realizado en diversos tonos, no logró respuesta alguna. Colgó malhumorada, maldiciendo interiormente al gilipollas que la había molestado para nada y, al volverse, un grito de espanto le bloqueó la garganta, atrapado entre sus cuerdas vocales. Ahí, sobre la mesa, descansando sobre el tapete de ganchillo en el que tantas horas había invertido, había una araña feísima del tamaño de su mano. María tenía un pánico atroz a las arañas y, encima, esta era la más grande que había visto en su vida. Se quedó paralizada, mirándola con mudo asombro, su mente naufragando entre la fascinación y el terror más profundo. Como si la hubiera olido, ése horror grisáceo se volvió hacia ella y levantó amenazadoramente las patas delanteras, como si fuera un grotesco saludo. Para María, el ver esas dos peludas extremidades agitándose en el aire, fue la gota que colmó el vaso. Casi sin darse cuenta, soltó un grito que bien podría interpretarse como de pavor o de ganas de lucha, cogió lo primero que tenía a mano – que resultó ser la agenda de cuero en la que tenía apuntados a mano todos los teléfonos de familiares, amigos y conocidos - y se lo lanzó. Su puntería fue letal. La agenda rebotó sobre la mesa, hizo una pequeña pirueta y cayó justo encima de la asquerosa araña gigante, que quedó completamente espachurrada bajo su peso. El único recordatorio que quedaba eran las puntas de cuatro de sus ocho patas peludas, que asomaban por el borde derecho de la agenda. Atónita, María miró alternativamente a la agenda y a sus manos. Lanzó un tembloroso suspiro y miró más atentamente. Parecía muerta, pero no podía fiarse. Presa del pánico, se quitó un zapato y comenzó a dar cautelosos pasos hacia la zona del desastre, dispuesta a darle un contundente zapatazo si se movía. Un paso. Dos. Tres. Cuatro. Al décimo estaba frente a la agenda, tan cerca que podría haberla levantado con la mano. Pero no lo hizo. Sujetando el zapato bajo la axila, envolvió cuidadosamente la agenda con el pañito y solo cuando estuvo envuelta y bien envuelta, volvió a calzarse. Cogió cautelosamente el paquete que había formado y se apresuró a la cocina. Lo tiró a la basura, cerró apresuradamente la bolsa y bajó para tirarla a la basura. Hasta que no volvió a estar en su casa, lejos de la bolsa y del contenedor que la guardaba, no cayó en la cuenta de que probablemente había perdido más de la mitad de los teléfonos de sus seres queridos. Sopesó la posibilidad de bajar a coger la bolsa y la agenda. ¿Levantar la agenda con eso debajo? ¡Ni soñándolo! Pensó, soltando una seca carcajada. Los teléfonos podría volver a recuperarlos. Que le dieran por el culo a la agenda y al tapete. A los teléfonos y ya puestos, a la araña. Que le dieran a todo por el culo. Ella era muy feliz en su casa, aun sin esos teléfonos, siempre y cuando no hubiera arañas cerca. Ya más tranquila, María lanzó un tembloroso suspiro y fue entonces, cuando el relax comenzó a invadir su cuerpo, que se dio cuenta del desastre que se había armado en su ausencia

FIN

Este es el extracto de un texto que estoy escribiendo. No sé cuántas páginas durará ni que otras visicitudes sufrirá María. Si bien tengo un esquema mental de cómo ira más o menos la historia, el 90% de las cosas me han ido surgiendo sobre la marcha, mientras lo pasaba a limpio. No creo que escriba la continuación de este texto porque, desde que leí detenidamente lo que había hecho Lucia Etxebarria en sus plagios - parecer ser que pilló la "ayuda" porque estaba colgada en internet - he decidido tener más cuidado al publicar. Mis textos son como mis hijos y me obsesiona especialmente el hecho de que sean míos y solo míos y siempre tenga yo la última palabra sobre ellos.

Un saludo a todos

lunes, 18 de enero de 2010

Temas por aqui, nada por allá

Debido primero a temas personales y luego a que no encontraba nada que contar, he estado alejada del blog más tiempo del que habría deseado. Vuelvo a tener algo que contar y espero tenerlo durante mucho tiempo, aunque supongo que necesitaré descansos esporádicos. A saber. Siento si os he incomodado, y solo tengo una justificación - si es que así se puede denominar - : soy así.

En fin, dicen que los peregrinos poco a poco hacen camino a Santiago, ¿no? Supongo que es parco consuelo, pero menos da una piedra. Recuperaré el hábito del blog con algún relato o tema que me inquiete - de ambas cosas tengo bastantes -

Espero escribirlo con gusto y que lo leáis con sumo placer.

un saludo